Farmacia antroposófica

Antroposofia, Medicina antroposófica, Medicamentos antroposóficos

El ser humano como unidad entre cuerpo, alma y espíritu

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El ser humano, constituido por cuerpo, alma y espíritu, camina hacia la salud, entendida ésta siempre como proceso hacía la armonía entre dichas partes. Y muy importante en ese contexto es tomar consciencia de nuestra propia constitución y de cuál es nuestra esencia, para poder caminar (de vuelta) hacia ella.

La medicina antroposófica, a través de la labor fundamental de los médicos, los farmacéuticos y otros terapeutas, acompaña al ser humano en su evolución hacia la salud, entre otras maneras, en esa toma de consciencia de su propia constitución.

La antroposofía parte de una imagen del ser humano según la cuál, en cada uno de nosotros se encuentran representados los distintos reinos de la naturaleza, tanto el mineral, como el vegetal y el animal.

Así, en los seres humanos se encuentra inserta una parte mineral, que principalmente constituye nuestro esqueleto. Con el reino vegetal, compartimos las fuerzas que obran en nosotros de crecimiento y reproducción, fuerzas de vida, que no tiene lo inorgánico, y que generan una multiplicidad de formas en el mundo natural, al igual que en el ser humano. Por su parte, con el reino animal compartimos lo que tienen de más representativo los animales, que es la capacidad de percepción del mundo exterior, y la interiorización anímica de las percepciones. Pero, además de poseer el ser humano toda aquella esencia de los restantes reinos de la naturaleza, constituye un reino específicamente humano, único que tiene la capacidad de comprensión del mundo y de sí mismo.

Además de esa idea fundamental, por la cuál el ser humano posee en sí mismo los restantes reinos de la naturaleza, parte la antroposofía de que el ser humano está constituido como una unidad entre el cuerpo, el alma y el espíritu.

El ser humano es mucho más que su cuerpo y su mundo anímico de sensaciones y sentimientos. La realidad que nos llega a través del cuerpo físico, nos estimula. El mundo exterior se relaciona con nosotros y se convierte en nuestro mundo interior, en nuestra alma o mundo anímico.

Ese mundo interior anímico es el escenario en el que transcurre toda nuestra vida personal. El alma no es nuestra esencia espiritual, pero sí es el centro desde donde podemos ser conscientes de todo la realidad que nos rodea, el lugar en el que se desarrolla nuestra vida de sensaciones y sentimientos, e incluso desde donde parten los impulsos volitivos que nos llevan a actuar en el mundo.

Cuando el espíritu trabaja para comprender, ya no hablamos de un mundo interior, sino de un mundo superior, que tiene sus propias leyes, las de los mundos espirituales. Para comprender la realidad, no podemos dejarnos llevar por la subjetividad, sino que debemos comprender objetivamente. Y ello, pues el ser humano es capaz de entender las leyes que rigen las cosas, lo cual significa poder penetrar hasta la esencia el espíritu de los seres y objetos. Penetramos en la esencia o espíritu de las cosas a través del pensar. Y, para poder pensar mejor, para que el espíritu pueda manifestarse en el alma, para ir conquistando el sentido de la realidad y de la verdad, es necesario conseguir tranquilidad, ausencia de angustia, o ese nerviosismo que en muchos casos condiciona nuestras vidas.

Nos convertimos en personas, cuando podemos pasar al estado activo de no sometimiento. La vida entonces será lo que cada uno de nosotros haga en el mundo, que es traspasar la propia interioridad o personalidad, dejando el sello de lo anímico interior en el mundo exterior, a través de la voluntad.

Sin embargo, si el centro de la consciencia fuera nuestro espíritu, en lugar de nuestra alma, no tendríamos en cuenta para nada el mundo de la materia, y sabemos por Rudolf Steiner, que únicamente podemos evolucionar/involucionar espiritualmente por medio de nuestras experiencias vividas en el paso por el mundo físico-material, característica única del proceso de encarnaciones del ser humano.

El alma constituye, por tanto, el terreno intermedio, el lugar entre lo físico-material y lo espiritual, y la unión de ambas partes. La vida de sentimiento, pensamiento, reflexión y recuerdo la hacemos siempre en el alma, terreno de trabajo interior en el que ocurre todo. El alma es el escenario interior en el que se desarrolla toda la vida, el centro de nuestra consciencia, pero no es nuestra esencia.

No somos nuestra alma que va a desaparecer al igual que lo hará nuestro cuerpo físico.

Nuestra esencia está en el espíritu, que es inmortal.

Rudolf Steiner nos viene a decir que el yo vive en el cuerpo y en el alma. Todo lo que en el yo se acoge de lo físico-material, desaparecerá después de la muerte, pero lo que tenga ese yo que ver con las leyes del Espíritu, adquiere carácter de eternidad.

Y por último, y retomando la unidad que somos, nos gustaría concluir con una frase del teólogo y filósofo Theilard de Chardin: “No somos seres humanos con una experiencia espiritual. Somos seres espirituales con una experiencia humana.”

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