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El cuerpo eterico (I)

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“Por lo tanto,  hemos de decir que el hombre lleva en sí mismo lo etéreo de índole individualizada.” Rudolf Steiner e Ita Wegman: “Fundamentos para una Ampliación del Arte de Curar”.

El cuerpo vital o cuerpo etérico

La ciencia espiritual, según expresa Rudolf Steiner, reconoce en el hombre, además del cuerpo físico, un segundo cuerpo: el cuerpo biofórico o etéreo. “El hombre tiene este segundo cuerpo o plexo en común con las plantas y los animales, pues es él quien estimula a las sustancias y fuerzas del cuerpo físico para que se configuren y den lugar a los procesos de crecimiento, propagación, circulación interna de la savia y demás fluidos, etc.; es pues, el constructor y artífice del cuerpo físico, su morador y arquitecto; de ahí que se pueda llamar réplica o expresión del cuerpo vital”.

Rudolf Steiner denominó cuerpo etérico al sistema formado por una unidad que rige mediante un orden y unas leyes a los seres vivos, a las plantas, a los animales y a las personas. Posteriormente, fue sustituyendo este término, que provenía de la nomenclatura teosófica, por el de cuerpo vital, que se ajustaba más a lo que él quería definir.

Aspectos filosóficos

En la formación de la humanidad y del ser humano individual, anterior a todas las cosas, el reino vegetal fue el segundo expulsado del mundo espiritual, tras el reino mineral.

A nivel individual y biográfico, el ser humano que se encarna en un cuerpo físico concreto trae consigo el principio espiritual del propio cuerpo etérico. Ese principio espiritual del propio cuerpo etérico se une tras el nacimiento con el cuerpo etérico o vital que ha heredado de su madre. Posteriormente en el segundo septenio de vida es cuando el niño consigue individualizar por completo su propio cuerpo etérico de aquel cuerpo etérico que traía de herencia.

Representación de ese agua en el organismo humano

La fuerzas etéricas tienen necesidad de un soporte material para manifestarse. Ese soporte material está constituido por el agua. Así, las sustancias tomadas al mundo mineral son transformadas y elevadas al nivel del reino vegetal.

En el cuerpo humano podemos observar ese agua etérica como un líquido organizado, por ejemplo, en el líquido intersticial que existe entre las células. Toda agua que exista en el cuerpo humano, a excepción de la orina, debe considerarse como un líquido vivo y no un elemento mineral.

El reino vegetal como modelo del cuerpo etérico del ser humano

La fuerza de los procesos vitales se pone de manifiesto en el reino vegetal. Esa fuerza de los procesos vitales la vemos cada primavera en el despliegue de colores y aromas que tapizan cualquier prado. O en la masa forestal que crece en silencio en todos los bosques.

A su vez esa fuerza del los procesos vitales que se pone de manifiesto en el reino vegetal sirve también de arquetipo al proceso vital del ser humano. Así lo indica el Evangelio de Marcos (4:31, 32): “Es como el grano de mostaza, que cuando se siembra en tierra, es la más pequeña de todas las semillas que hay en la tierra; pero después de sembrado, crece y se hace la mayor de todas las hortalizas y echa grandes ramas, de tal manera que las aves del cielo pueden morar bajo su sombra.”

La dinámica del cuerpo vital o etérico, el Agua de vida 

Rudolf Steiner definió el cuerpo vital como el cuerpo de agua, como el “hombre agua”.
Pero con ello no debemos pensar que nos referimos al agua como elemento físico o material, sino al proceso acuoso, al “agua de vida”, aquella a la que se alude en muchos cuentos, e incluso el agua de vida terrenal que Jesús le pide a la mujer samaritana en el pozo de Siquem.

Jesús le dice: «Dame de beber» (Juan 4, 1-45).
Y poseriormente se refiere al agua de la vida eterna.
«Si conocieras el don de Dios,
y quién es el que te dice:
Dame de beber,
tú le habrías pedido a él,
y él te habría dado agua viva.»
(…)
Todo el que beba de esta agua,
volverá a tener sed;
pero el que beba del agua que yo le dé,
no tendrá sed jamás,
sino que el agua que yo le dé,
se convertirá en él en fuente de agua
que brota para vida eterna.»

De hecho, Cristo nos propone realizar un cambio consistente trasformando nuestro cuerpo etérico, por un cuerpo etérico que nunca más ha de volver a pasar sed.

 

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